Ángel Menéndez
Por segunda vez en dos años y después de una buena acogida en su primera exposición, Ángel Menéndez vuelve a mostrar su pintura en la pamplonesa galería de arte San Antón, dando fe con ello de que el reencuentro con la pintura que marcaba aquella muestra, era algo definitivo y perfectamente meditado y no un fruto cualquiera del capricho o la improvisación.
De entonces acá, aunque es poco tiempo para mostrar cambios esenciales, que en el arte lo normal es la senda del cada día un poco más, la pintura de Ángel ha ido camino del reencuentro con lo que tiempo atrás, en sus años de París, alcanzó a ser; una pintura digna, llena de oficio y madurez. Por supuesto que en ella se sigue apoyando en un buen dibujar, aunque la línea va poco a poco quedando relegada y, muy posiblemente, terminará por desaparecer, siendo en la definición del espacio, así como en la de la luz y del color, donde su trabajo adquiere su mayor notabilidad, recordando su buena formación tanto en la Escuela de Artes y Oficios, de Pamplona, como en el mismo París de la Grande Chaumiere.
Es necesario decirlo, la pintura de Ángel lo está contando constante y continuamente, los años pasados en París bajo el magisterio de la pintura francesa y un poco al aire de los coletazos de los últimos impresionismos, espectador de excepción de fenómenos esporádicos como el que significó Bernard Bufet, han dejado tras de sí una profunda huella en su hacer y sus maneras, pudiendo incluso hablarse de una pintura muy parisina, que no es lo mismo que muy francesa aunque también lo sea, trabajada con una paleta contenida y sin estridencias y envuelta en una atmósfera dominada por una luz fría, ajena a los trallazos del sol español, rayante en muchas ocasiones, aunque sin exagerar, en un puntillismo que tiene bastante poco que ver con aquellos tan conocidos de Pissarro y Seurat y que a mi me llega a recordar, en momentos concretos, a algunos de los mejores cuadros de la última época del pintor baztanés Alfonso Echenique, lo cual no deja de ser compatible con esa definición del espacio llena de maestría de la que hemos hablado.
Y en llegando a la palabra espacio, palabra que en el mundo cultural español desde la Generación del 98 suele encerrar connotaciones éticas primordiales, quiero entender que en Ángel, también a la manera parisina, el concepto es diferente. Y es que lo que el pinta, por encima de todo, es el lugar real, el lugar verdadero que la humanidad hace suyo, desarrollando en él toda esa especial anécdota que es la vida humana. Es como si la pintura de Ángel estuviera diciendo que lo importante del espacio que él trabaja nada tiene que ver con la filosofía, lo suyo es tan pragmático como marcar las coordenadas donde todos vivimos y, en ocasiones, hasta alcanzamos a realizarnos.
Salvador Martín Cruz.

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Ángel Menéndez
"Rincones de Pamplona"