Elías Garralda, el pintor navarro veterano de cien batallas artísticas , miembro destacado de la escuela olotina del paisaje, vuelve a exponer en tierras catalanas, cuando ha alcanzado los 80 años gloriosos siendo considerado, como lo era hace tiempo el más grande pintor de la llamada España húmeda, quizás porque con sus nieblas, sus veladuras, sus claroscuros, había dado al paisaje una intensidad pasmosa.
Navarro, nacido en Lesaca, vive en Olot desde hace 64 años y es, no hay más que contemplar sus lienzos, uno de los más destacados miembros de la famosa escuela de dicha localidad. De joven estudió en Olot, en Pamplona y en Bayona, donde recibió clases del pintor René Barnalin.
Desdeña participar en concursos y certámenes, pero ha sido distinguido con la Medalla de plata de la Escuela de Bellas Artes de Olot. Desde hace más de medio siglo expone regularmente en las mejores galerías de España.
Trabaja como hacen los artesanos, utilizando en su pintura las veladuras y las superposiciones. No entiende el oficio de pintor como una titulación que se otorga al superar unos estudios más o menos académicos, sino en el concepto de sabiduría, como decían los maestros del Renacimiento.
No es artista de pincelada suelta o golpeada, sino que la suya es pincelada fundida y pastosa. No, diríamos, que "mastica" la pintura, sino que ésta es reflexiva, profundamente pensada.
Cuando vemos sus cielos nubosos de La Garrotxa, las sombras de esas subes sobre los cerros que rodean la Vall d` En Bas, estamos viendo la calma, la suprema calma que se corresponde con la suprema inteligencia, recordando, en un renovado milagro, aquello que Eugenio D'Ors decía admirado ante una obra de Donatello.

En sus obras no hay estridencias, sino calma; no hay colores excesivos, sino los necesarios, de decir, naturalidad. Es, efectivamente, un milagro renovado cada día. Un pionero incansable e insaciable, de arte, de luz, de humedades, de ríos que descienden de las montañas, de pueblecitos que se apoyan en el monte, de rebaños que buscan su subsistencia, logrado todo ello con su pincelada maestra, una pincelada que no golpea, sino que acaricia, que no es masticada, sino que se derrite fundida en su extraordinaria paleta

 

 

 

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